Hora Legal Colombiana 08 de septiembre de 2010
Actualizado: 07 de septiembre de 2010
Nueva Publicación del AGN
Publicado el día 02 de febrero de 2010
En rigor, este libro no es una referencia a la historia de los mapas ni una aproximación a disciplinas como la cartografía y la geografía. Más bien, es un acercamiento a nuestros propios prejuicios de historiador sobre las imágenes que se atan a la tierra y al paisaje de nuestros antepasados. Prejuicios a los cuales se les quiere dar forma y para ello nada mejor que unos ríos perdidos en la geografía de la memoria o unos caminos y lugares que despiertan, entre trazos y colores, los abismos de la fantasía y la realidad. En el fondo, lo que hacemos es superponer los mapas de nuestras nostalgias territoriales a la cartografía de los espacios que nos ha tocado habitar. Más que mirar los mapas como un conjunto de técnicas y de si ellos privilegian sus escalas en leguas españolas, leguas granadinas, millas marinas o toesas, lo que proponemos es una lectura que rescate sus contenidos históricos. Es decir cómo llegan hasta el presente los trajines y los conflictos de los hombres del pasado. Este libro por tanto no es un Atlas sino la posibilidad de ver los mapas como lenguajes vivos de lo que representan. El libro busca traducir los rumores y la música que los cartógrafos simbolizaron en tintas, manchas, colores y convenciones.
En consecuencia la idea de territorio adquiere dimensiones que sobrepasan la pretensión de marginar su poder interior. Es decir, territorio es entre otras cosas la integración de nuestro hábitat y nuestros hábitos. Es lo consciente y lo inconsciente. El territorio es un lugar de referencias. El centro en donde se reconoce lo propio y lo ajeno como espejo de nuestras contradicciones. Allí se viven experiencias de identidad y se redactan los estatutos que muchos observadores, ajenos a estas fuerzas de la naturaleza y la cultura, reclaman. Por ello, los mapas son, entre otras cosas, un apoyo a la memoria y a los intereses del conocimiento y de la ciencia.
Reconocer los mapas es mirarnos a nosotros mismos. Es compartir la presencia de centenares de imágenes que llegan desde el pasado para darle vida a la historia común. Técnicamente bien o mal elaborados, con escalas o sin ellas, con orientación o sin la rosa de los vientos que nos guíe, levantados por cartógrafos o dibujantes anónimos, esos pedazos de tierra, de edificios o montañas que soportan el papel, el cuero o la corteza sintetizan el poder de los sentidos. En oportunidades, la rosa de los vientos que los orienta y las escalas que los miden y dimensionan, operan como fuerzas magnéticas que atraen nuestros pasos de caminantes sin retorno. Son mapas hechos para contener otros mapas: aquellos que animan el recuerdo y la memoria cuando se comparten las voces de una venta, los conglomerados de una vereda, los cambios de una estación, o nos hundimos en un ferrocarril, en una feria, en unos estanques con sus barquitos de papel o en un camino bordeado de hojas, campos y leyendas. Por ahí se meten las rendijas de una calle y las glorias y pesadillas del mundo de las ciudades. Los mapas miden el tiempo mientras construyen espacios. Mapas ruidosos que entran al corazón para invadirnos de voces al deslizarse sobre nuestra raíz, o entre los baúles que guardan los papeles desteñidos de nuestros silencios.
El interés, al leer la cartografía histórica, no es conocer a sus autores, cartógrafos o no, ni a los financistas y mecenas de la misma, sino saber la medida de las pasiones y cómo reconstruir los éxitos o frustraciones de sus habitantes. Se intenta escudriñar en ellos el ejercicio del poder y las ambiciones, de las vanidades y urgencias que contribuyeron al despojo, ruina y pérdida de lo que fuera el espacio de la nación, la región o la localidad. Se trata de observar el desprecio a pobladores marginales y la razón de algunas de las cicatrices que iluminan los muñones de nuestra geografía cuyas imágenes se revelan con sus trazos precisos y ambiguos.
Centramos nuestra prioridad, más que en los progresos técnicos de la cartografía, en la intencionalidad de sus líneas y en el dibujo que define y representa los intereses de una autoridad o de un señor. Saber ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿cómo? nació un mapa apenas nos ha permitido ilustrar traiciones, aventuras y lealtades. No sabemos si abunda o falta erudición para narrar la vida de estos documentos del pasado. Si bien los mapas pudieron atender a determinados propósitos, aquí, lejos de aquellos actores desaparece toda técnica para convocar los espíritus perdidos de quienes fueron sujetos y objetos de su inclusión o exclusión en sus trazas y volúmenes. Reunimos en ellos audiencias sobre audiencias en las plazas de la historia para que los invidentes del rumor expresen los afectos que habitan forma y contenido del espacio. Indudablemente, los propósitos de ayer no son los mismos que los de hoy. El mapa se recrea en nuestro espíritu y se convierte en instrumento de lealtad o de batalla contra aquellos que defendieron, avasallaron o traicionaron la nación, la comunidad o la localidad. Ahora, el mapa diluye sus fines y mentiras en otras expectativas, en nuevas esperanzas. Al dejar de ser mundos inertes, en ellos corre la savia, el viento, las aguas y las voces tumultuosas de la historia. En su forma se empieza y se contiene la invención de otros tiempos. Son como los barcos que recorren océanos buscando siempre puertos, progresos y pasiones. Las grandes y pequeñas cosas que han dado sentido a la historia de América Latina y del mundo están en sus delineamientos y en su lenguaje de imágenes curiosas.
Por ello sus creadores no han formado parte de estas reflexiones. Han prevalecido los contenidos que giran en los diseños de unas casas, las líneas ligeras de un puente o de una cerca, en las cuadriculas de una ciudad y en los agitados trazos de un río tormentoso. Esta exploración de rastros perdidos en la realidad onírica, retorna con los mapas al infierno de nuestro espíritu para que la verdad queme los engaños. Las imágenes que viajan en sus paisajes son múltiples verdades expuestas al amor desafiante de nuestras palabras. En ellas hemos querido que reposen nuestros sentidos como si se tratara de la entrega silenciosa al amor furtivo. Su discurso de líneas y colores no sólo narra relaciones de poder sino sentimientos de traición y lenguajes de afecto.
Sabemos que los mapas son un apoyo visual para la literatura, las artes o la historia misma. Pero lo que hemos querido aquí es conciliar nuestra soledad de viajeros sin refugio con el poder evocador de aquellas habitaciones que sustentaron nuestros pasos. Hemos observado en ellos las banderas del tiempo agitando sus rumores y sonidos familiares. Si no hemos logrado expresar sus abecedarios, quedarán ahí para que otros espíritus recojan sus gestos, sus convenciones de rutas y lugares, sus símbolos y leyendas y el lenguaje de su tinta enamorada. Y sobre todo para que propongan una nueva lectura.
Pero no hemos querido dejar de ver en los mapas la imagen sonora que se expande como parte vital de sociedades que, como la nuestra, hicieron del canto un mensaje de sus propias pasiones y privaciones. Melodías populares que atan sistemas de ser y se dispersan sobre mundos imaginados como si fuesen coros enloquecidos de mohanes encargados de recordar la alegría y el sufrimiento. Las sociedades crean sus propias visiones de la historia individual y colectiva. Y los cantos, como los mapas, son modos de contar lo que “pudo haber sido y no fue”. También los mapas guardan la iconografía de múltiples imágenes que el arte rescata de los lenguajes del inconsciente y de acontecimientos de otros tiempos. Fotografías de sueños que los antepasados reprodujeron en la piedra, en la madera o en el metal.
Los mapas encarnan historias de colores. Las mismas que hemos querido reconstruir en un esfuerzo por leer entre rendijas y ventanas todo lo que callan esos paisajes de tinta en donde sobreviven grupos subalternos, invisibilizados por la magia del dibujo y del discurso oficial. Al observar la cartografía de múltiples regiones, la nostalgia que ella encierra no es patrimonio de los imperios ni refugio contra el colonialismo. En ella circula el valor humano que cada cual siente, expresa o reprime según sus convicciones. En cada ciudad, en cada aldea y en cada país existirá quien valore sus paisajes infantiles o quienes hagan del abatimiento el contexto de su obra de arte. Pero siempre existirá una geografía que acuda a sostener los escombros que quedan del pasado y las calamidades y tormentos del presente. Tal vez por ello Van Gogh sostenía que: “Sea en la figura, o sea en el paisaje, yo quisiera expresar no algo así como un sentimentalismo melancólico, sino un profundo dolor”°. Y al final, es eso lo que el discurso histórico contiene: el desgarramiento de quienes nos han precedido mientras han dibujado las escrituras primordiales de sus territorios.
Para concluir, digamos que este libro, “Imágenes a la Deriva. Los mapas o las habitaciones del pasado y la nostalgia”, a más de una reflexión sobre la idea de nación también lo es sobre la de región y lugar. Para ello se han prestado algunas imágenes de América (1770-1930). Es decir, relatos visuales de un período de cambios fundamentales en la vida política regional: transformación de las mentalidades, Independencia, consolidación del liberalismo y primeros esfuerzos de modernización. Ojalá el lector pueda seguir con cuidado los vendavales de lo que fuimos y somos, por voluntad nuestra pero también por voluntad de otros. Tal vez la indignación y la nostalgia nos conduzcan por los caminos de la historia hasta encontrar en ella la reconciliación con la verdad. La fuerza del saber hará más tolerables nuestras cicatrices y más luminosos los caminos que nos esperan.
Como todo libro escrito en una sociedad que privilegia la guerra a la cultura y a la ciencia, el apoyo de muchos colegas y amigos y el soporte de quienes crecen en el corazón es fundamental. A pesar de los cambios operados en el Archivo General de la Nación de Colombia, estoy muy agradecido con quienes vencen sus temores a las arbitrariedades siendo generosos con los investigadores...
° Stein Husebo “…Buscar el Dolor y Crecer a través de él” en Die Waage Tomo 42, Abril 2003 pp.4-13.
Hermes Tovar Pinzón.
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