Los flagelantes de Santo Tomás. Una historia a blanco y negro sobre promesas y sacrificios
Cada Viernes Santo, entre botellas de ron, cerveza y comida, un grupo de hombres y mujeres recorre las calles del municipio de Santo Tomás, empuñando látigos con los que se flagelan la espalda, mientras una multitud expectante observa, con una mezcla de angustia y fascinación, la fustigación de los cuerpos bajo el sol, en un ritual medieval que busca el milagro a través de la penitencia y la redención.
Santo Tomás, un municipio del Atlántico, ubicado a orillas del río Magdalena, se apropió de esta práctica en 1773, en un contexto de cristianización popular. Desde entonces hombres y mujeres transitan la Calle de la Amargura, golpeándose la espalda con látigos que terminan con pedazos de cera. Con los lomos hinchados, los flagelantes recorren casi dos kilómetros y medio de un lugar a otro, mientras los acompañantes realizan pequeñas incisiones con una cuchilla en el cuerpo del penitente, para drenar la sangre y luego rociar alcohol antiséptico o Ron blanco sobre las heridas.
A pesar de que la Diócesis de Barranquilla lo prohibió y el Vaticano desaconsejó el ejercicio de este ritual, lejos de acabarse, la flagelación —que tiene raíces en el siglo XIII en Europa, en un contexto de peste, guerra y crisis moral— ha trascendido en el tiempo como una tradición que, para algunos, se ha convertido en una expresión popular del sufrimiento como carácter y lenguaje de la fe; mientras que, para otros, es solo un espacio que congrega todos los años a miles de espectadores ávidos de un espectáculo que garantice la pena y el dolor.
Esta foto, que pareciera retratar a un personaje de la pintura Procesión de los flagelantes (1812) de Francisco de Goya, fue tomada en 1975 por Armando Matíz:

En ella un hombre vestido con un pollerón blanco, bordado con cruces negras y un velo blanco sobre la cabeza, camina delante de un grupo de gente, como si se tratara de un redentor que se sacrificara en nombre de todos los que lo siguen.

La representación se impone como un acto de justicia divina y cada marca en el cuerpo del penitente se convierte en un traspaso del acto íntimo de la promesa, a la escena pública de la devoción colectiva.

Durante la procesión, el flagelante camina con el torso desnudo entre los acompañantes que, conmovidos o perturbados, aceptan el contrapunto del cuerpo sacrificado y el cuerpo intacto que componen la escena en busca de la comunión. Toda puesta en escena requiere de una relación entre los símbolos que participan. En este caso la fe del flagelante, su humildad y su silencio, no debería cuestionarse tanto como la ética del espectador: ¿qué mueve al que mira?, ¿se trata de una devoción o fascinación por lo exótico?

Una vez finalizado el acto, queda el cuerpo cansado, lacerado y herido.
Este ritual es la prueba de que con el paso del tiempo, las tradiciones cristianas han intentado canalizar el sufrimiento del cuerpo hacia la compasión, la contemplación y la interiorización del misterio pascual. La flagelación, en todo caso, podría pensarse como una ofrenda. No obstante, en contextos actuales, valdría la pena preguntarse: ¿el cuerpo adolorido ha perdido carácter simbólico por encarnar un sufrimiento que no interpela, sino que entretiene?, lo que deviene en la pregunta ¿la mirada pública se ha convertido en un ritual paralelo?

En ese sentido, las fotos de Matiz abren una herida: para examinar, para entender su profundidad, para preguntarse por su origen y por su necesidad. El espectador, que año tras año ocupaba un lugar entre muchedumbre, el gesto, la mirada, esperando someterse a una transformación, ahora se cuestiona en sí misma; qué significa la redención y la promesa del milagro, el cruce entre el ritual, la fe y la representación que perdura como una memoria activa en los cuerpos y en la mirada de los tomasinos. Preguntarse qué hay en todo ese dolor, también es construir la tradición.
